Pasear por ruinas / Villa Epecuén- Adolfo Alsina- Buenos Aires


  Hay tantas formas de viajar como paseantes hay en el mundo. Aventurarse en las alturas, escalar montañas, amanecer en la sierra, probar comidas exóticas, conocer costumbres de otros, visitar ciudades lejanas, aprender un idioma en otro país, navegar un río, hacer un crucero, cruzar el océano, visitar culturas distantes.  Entre los caminantes contemplativos existen numerosas modalidades propias del andar: desde el senderismo por la naturaleza, la peregrinación por ciudades y pueblos, hasta el haikyo o paseo por ruinas.
  Esta práctica ya tiene algunos años y hoy se conoce en todo el mundo, habiendo trascendido las fronteras de Japón, el lugar que la vió nacer. Resultan atractivos los lugares de encuentro abandonados, las casas añejas, esos edificios o predios que resisten el paso del tiempo, antiguos hospitales, casas que fueron ocupadas por alguna personalidad destacada, parques de diversiones de otras épocas o reliquias inmobiliarias.

  En Latinoamérica hay numerosas ruinas de antiguas civilizaciones:  casas de alguna persona que por su obra o trabajo se decide preservar, ruinas y restos arqueológicos o antiguas fortalezas. En Argentina, hacia el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, un pueblo entero emergió de las aguas hace tres años, después de veinte sumergido a diez de metros de profundidad. Se trata de las ruinas de la ex Villa turística Epecuén.
  En noviembre de 1985, tras una temporada de lluvias desmesurada, los mil quinientos habitantes de Epecuén tuvieron que evacuar la villa tras un desborde del lago, que atravesó el muro de contención e inundó las calles del pueblo. Pasaron años donde el lago de sal tuvo la mayor extensión hasta entonces y el pueblo desapareció. La gente dejó sus casas y comenzó la peregrinación y la bronca: instalados en la vecina Carhué comenzaron los juicios a un estado provincial sumergido en negligencia y burocracia.


 La calle principal marca el recorrido; se ve nítidamente el trazado de las calles, las casas de dos plantes, los hoteles y edificios emblemáticos de la villa. Hay olor a tierra, agua salada y arena. Nubes de mosquitos, esqueletos de árboles, blancos, muertos de agua. Chapas carcomidas por el agua bajo montañas de hierro y hormigón. Desde la cima se ven restos de casas alineadas, un farol, agua, yuyos entre las piedras, cables viejos, partes de autos oxidadas. Al final de la calle principal, el dique de contención y el agua que marca el límite. Más allá, las piletas que construyó el municipio taponadas de barro y escombros. Y la torre, con sus paredes careadas de tiempo y sal. 





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